
Cuando no existían las computadoras, se decía que un alumno sólo necesitaba su “inteligencia” para aprender. Junto con la llamada inteligencia ( en muchos casos entendida como capacidad de obediencia sumisa, falta de creatividad, buen comportamiento, etc.), se disponían también otros recursos tales como el libro de texto, la pizarra, un cuaderno personal (común para todas las áreas) y una motivación intrínseca altamente desarrollada. Todo esto hacía referencia a lo que, en el siglo XXI denominamos educación tradicional, ya que hacíamos uso de tecnologías más rudimentarias como la escritura alfabética y la imprenta. Hoy en día, la presencia de las nuevas tecnologías en el ámbito de la educación modifica los procesos tradicionales de adquisición de saberes, es más, cada medio de enseñanza posee atributos específicos que afectan a los procesos de aprendizaje de los estudiantes.
Con la aparición de las nuevas tecnologías, las cuales, algunas de ellas, no estaban dirigidas al aprendizaje sino al uso para facilitar labores principalmente administrativas, muchos cuestionaron los tipos de aprendizaje que deberían propiciar la incorporación de las nuevas tecnologías en los procesos educativos (¿conductistas?, ¿constructivitas?). Con estos interrogantes surgen también los efectos de la tecnología en el desarrollo de operaciones de orden superior es decir, el RESIDUO COGNITIVO, llamado entendiendo por ello así a los aprendizajes que quedan en los estudiantes al operar con las tecnologías y la posibilidad de transferencia de esos los aprendizajes a otros contextos.
Es el propio docente el que regula o adapta las tecnologías al aula y al grupo de estudiantes. Hoy en día, estamos ante una actualización tecnológica acorde a la presión social de incorporación de los últimos avances, pero también ante una práctica pedagógica que tan solo refuerza los estilos tradicionales de relación con el conocimiento.

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